22 de diciembre de 2012

Lluvia


Aunque ni ciénagas apenas
asomen a decirme que haz rozado
los friables terrones debajo del manzano
Aunque ni un llanto apenas
se derrame en un hombro
a mojar existencias vibrantes
y ni aunque la nada se soslaye
enterándome apenas
de que algo ha mutado
un segundo,
un instante
Aunque sea,
todo eso:
subrayándote
saliéndome
remitiéndome
lloviéndome

15 de diciembre de 2012



Debajo de los ojos unos cuencos grises, violetas, translúcidos
embebidos de pausa por canciones de cuna
entonadas por un par de tartamudos

Un caracol funámbulo vacilando entre el letargo, el sueño,
el sonambulismo, lo onírico o lo somnífero
o el ruido de la lluvia
machacada por las chapas

Un caracolito entre aguas
es tan triste
como el abismo

10 de septiembre de 2012

Paloma




            Él se levantaba neutro, taciturno. Todos sus días se repetían idénticos, como un reloj que es siempre el mismo reloj, diciendo las mismas cosas. Él soportaba ser él todos los días, siempre con el mismo frío y con la misma coraza, con el alma cactácea y la mirada dura.
            Él que, gélidamente, se definía como vacío, abismo, oquedad. Él, máquina. Él, péndulo oscilando sobre nada, con un disfraz de orden. Él, y toda esa energía en estado letárgico, fingían ser su esencia, su identidad.
            Esa mañana había despertado igual que siempre. Bebió café en la misma taza azul del día anterior y observó la monocromía cenicienta del cielo que recortaba su ventana, que daba hacia el oeste. Era jueves, debía aparecer la paloma de plumaje contaminado por un ruido visual que la hacía horrenda, con su pico medio doblado hacia un lado, bajo la inevitable ternura que producían sus ojos histéricos y vidriosos. Apareció. La miró hasta que el reloj marcó las ocho y, entonces, reaccionó. Tomó su abrigo y sus guantes negros y se dirigió rumbo a su trabajo, con la calma de certificar que todo estaba en orden, sin alteraciones mayores que un segundo más o uno menos. La paloma, su taza, las ocho, él y su vacío.
            El día transcurrió perfectamente para él, como en módulos, clasificado, previsible. Sólo hubo un suceso que lo descolocó un poco, causándole escalofríos en la espalda... Fue por la noche de ese jueves, antes de dormir, cuando un viento enérgico penetró por su ventana geométrica, cuadrada, limitada, revolviendo algunos rincones de su habitación que hacía años permanecían inmóviles, casi sagrados. Un sobre saltó rimbombante desde el suelo, desde la oscuridad cavernaria y polvorienta que yacía bajo un mueble viejo sobre el que descansaba una radio que sólo vivía una hora en las mañanas de domingo. El sobre rojo quebró la calma blanca de las paredes, rimó con la luz amarilla de la lámpara de noche e hizo que el frío de Él se cuestionara el desde cuándo del desde siempre. “¿Cuándo fue que mis días se volvieron todos los mismos, rutinarios, escuetos, insignific...?” Y el escalofrío le cerró la boca, y el miedo a la respuesta lo obligó a dormirse y a olvidar. Pero el viento que lo removió esa noche, como a esos rincones de su habitación, revolviéndole el recuerdo... Y la violencia que le engendró ese sobre rojo dentro de esa casa blanca, con su taza azul y sus ventanas cuadradas... No, le fue imposible apaciguar todo eso... Pero no se dio cuenta, o no asumió esa imposibilidad. Hasta aquel día.
            El miércoles de la semana siguiente, por la noche, luego de su rutina de siempre, un poco molesto luego de aquel jueves, divisó, sin querer, un sobre colorado, de ese rojo acosador, recostado donde lo había dejado aquel viento furioso. Cerró los ojos muy fuerte -otra vez decidió huir- y se acostó a dormir.
            Al día siguiente, él, Juan Lencina, se levantó como siempre a las seis, tomó su desayuno pero no acudió al trabajo, algo andaba mal, dislocado. Lo repasó muchas veces hasta creer que había perdido la cordura. Todo en orden: las ocho, la taza, él... Pero la paloma... ¡Faltaba la paloma! Su histeria, su pico desequilibrado hurgando su plumaje probablemente en busca de piojillos, su plumaje asimétrico, poco armónico, feo. Y sin la paloma faltaba su rutina, su calma de saberse Él, Vacío. Faltaba su conformidad, el molde de sus días. Él se sentía Juan y no lo soportaba. Y aquella pregunta volvía a hacer eco en su cabeza... “¿Desde cuándo? ¡¿Desde cuándo?!” Sintió sed de respuestas, necesitaba algo que lo saciara, ya no había forma de amoldarse de nuevo a lo viejo, a esa estructura, la misma de siempre. Sintió náuseas y, entre un mareo, alucinó colores... “¡El sobre rojo! ¡ El sobre rojo!” Entró a su habitación exasperado y violento, como aquel viento del jueves anterior... En su desesperación tomó la carta pero se escurrió de sus manos y se sacudió por el aire aterrizando sobre el ropero de roble, imponente, tieso. Se desesperó más aún y corrió en busca de algo que lo ayudara a subir. Lo primero que vio fue una silla... La de su escritorio en su oficina, en su oficina tildada por la misma actividad, el mismo humor. Habitada de veinte a veintidós diariamente por el mismo Él y el mismo vacío. Pero esta vez era Juan quién buscaba una silla revolucionando el orden establecido de esa oficina, como si fuese ajeno, un invitado o una visita.
            Colocó nerviosamente la silla debajo del ropero, de ese armatoste ocre que crecía sobre él, Juan. Tanteó con sus manos sobre el mueble sin éxito; entonces, desaforadamente, trepó sobre él a duras penas. Una vez arriba lo vio, allí, dormido, con su color apasionado, con sus cualidades vibrantes, aunque un poco desteñido por lo añejo. Lo tomó con sus manos y respiró. Sintió un alivio, como si no hubiese estado respirando durante toda aquella persecución.
            Se centró en el sobre, lo sostuvo como a una piedra preciosa y frágil o como a un bebé pequeño, delicado, quebradizo. Se dispuso a despojar la carta del sobre y, vacilante y trémulo, la desdobló. Observó el todo... Sobre el papel blanco, con tinta negra, miles de códices inaugurando su mensaje, a punto del deleite.
            Comenzó a desesperarse de nuevo. “¡¿Desde cuándo?!” y se dispuso a leerla, saborearla, enfrentarla. Lo hizo.
            Permaneció en silencio, pálido, absorto por un despertar, mudo; hasta que sintió que iba a desmayarse. Se recompuso a fuerza de voluntad y reaccionó. Todo lo que había sido, todo su él, la taza, la paloma y sus ventanas cuadradas, todo era un error. Toda una vida muriendo por la cobardía y el orgullo que lo habían inundado aquel día, en ese ‘desde cuándo’ en el que encajonó un sobre rojo.
            Se arrodilló como un psicótico sobre el techo del ropero de roble y se recostó disminuido, reducido a mosca, así se sentía, peor que cuando era Él, péndulo, abismo.
            Comenzó a gemir, a susurrar cosas truncamente. Sentía su cuerpo caliente, podía percibir como el tuétano le hervía en los huesos, o eran lágrimas... Porque enseguida comenzó a llorar torrencialmente, sintiéndose como un niño desamparado. Su coraza conformista ya no lo protegía, no tenía abrigo alguno para su alma que al fin se desnudaba.
            La verdad, la respuesta, no habían hecho más que destrozarlo. Había perdido el tiempo. La nostalgia, la añoranza, el afán lo carcomían y él ya no podía hacer nada. No aguantaría. Él era Juan y no lo soportaba. Releyó la carta hasta perder la cordura, intentó recordar, buscar soluciones. Pero sólo escuchaba su voz por la mañana y sentía su presencia juguetona coloreando la blancura de la casa, curvando la rigidez de las ventanas. Recordó la plaza y su sonrisa inmaculada, sus resfríos, sus ojos de súplica, sus berrinches, su firmeza. Recordó las peleas, el mal humor, el egoísmo, el orgullo... Recordó el ruido cavernario del portazo, su dolor, su ternura aquella última vez que lo llamó por teléfono. Recordó la lluvia ese día, ahogando más y más el poco aire que le quedaba. Y, a partir de allí, el mismo día todos los días y Él, el vacío, el abismo.
            Ella volvería, ella y su picardía, sus flores. Y él, él no había abierto la maldita carta, prejuicioso, enfermizo, renegado, por su orgullo, de su arrepentimiento por no contestar su llamada. Y luego, el frío. Y supo de ella lo que él se inventaba, para no quebrarse, por miedo.
            Y la carta, la carta decía todo lo otro, todo su color, su curvatura, su revoltijo, sus ojos de niña.
            Se cansó, su mente iba a explotar. Ya era tarde, la paloma no volvía, no volvería jamás, era tarde. Era tarde para su trabajo y para su café. Miró la radio, miró el techo, buscó un vacío al cual volver. No quería sentirse así. Él era Juan y no lo soportaba. Miró al oeste, el cielo ceniciento seguía ahí, igual que otros jueves, eso lo calmó un poco. Se desperezó, saltó del ropero a la cama bruscamente, se lastimó un poco pero no le dio importancia. Sus ojos enfocaban la ventana, nada más. Ella sí seguía cuadrada, recortando el mismo cielo. Se posó sobre el marco cuadrado y se sintió como aquella paloma, todos los días lo mismo. Pensó que, quizá, ella se sentía igual en ese momento, sin su taza azul, sin Juan, sin vacío y sin ella, con un sobre rojo contrastando con su plumaje, tiritando.
            Se subió, Él, al marco de la ventana, se secó las lágrimas y refregó inocentemente sus cachetes calientes y húmedos. Se puso de pie, miró desde allí la carta roja aún hablándole verdades. La miró desafiante.
            Se entumeció, se concentró en el tic-tac del reloj, en la taza azul, en la pared blanca y en todo lo que lo hiciera volver a ser Él.
            Y al culminar el jueves: la habitación vacía, la taza vacía, Él vacío en el vacío y la paloma rellenando el vacío de la ventana cuadrada.

7 de septiembre de 2012

No sé porqué escribí esto.


Desperezo y desespero, todo eso pasa por dentro. Mientras tanto, yo, con cara de nube o concreto, de lluvia o grifo, aquí. Por dentro, por dentro el dinamismo, siento el cuerpo dormido, pero estoy enérgica, no existe equilibrio alguno. Estos son paseos que me quiebran, pero todo arde y todo seco. Y hay tanto tan lejos que no puedo percibirlo, envolverlo, procesarlo con todos mis sentidos: las plumas amarillas sobre su cabeza, con sus ojos de roble herido por la máquina, más allá los vientres y los niños y las armas y una familia tuerta, y una población ciega, y es un país bañado en yodo, en gasitas. Hay más, hay tanto tan lejos: el desliz de tus dedos, bonita, materializando lo inimaginable, con tu alma tan cruda conectándose con tu alma tan cruda, con tu ombligo, preciosa, con tu luz. Y más acá, más acá deditos de cobre, fénix, un saquito de té único e inigualable, borroso, nítido, confuso.
Sin embargo, yo, con mi cara de Sol o de foco, de roca o de portafolio, aquí. Con el espíritu a favor y el cuerpo en contra, me hacen funámbula, una funámbula muy trémula que dos pasos y abismos, que dos pasos y sismos, que dos pasos y chau.


¿Porqué escribí esto? Hay cosas que entiendo, estados. Pero el ombligo y qué se yo. Ustedes dirán (¿ustedes quiénes?)

31 de julio de 2012

Leben


Si la muerte avisara antes de llegar no tendría sentido, o sí lo tendría lo que sí haría que no lo tenga. La muerte, creo, es tan desubicada, convulsa como nada lo es. Ni la vida siquiera. Si creíste que la muerte te sopló su visita al oído no es muerte, es tu vida que quiere que la uses, capaz. Si el sentido de preanunciarse fuera que te vayas realizado ¿entonces qué sentido tendría la vida? si para eso está ella. No voy a decir que la mala es la muerte, si no la espontaneidad que surge durante la vida, donde algo puede salir mal (mal dependiendo para quién) o lo que vos elegiste hacer con ella, quitándole su cualidad de espontaneidad y de vida, claro. Al único preanuncio de la muerte lo puede hacer un suicida, o aquel excesivo que no cesa y asume ese fin, ya sea ya o allá en el tiempo, después. A mi, personalmente, la muerte no me cayó bien nunca, sobre todo de desayuno. Siempre me cayó bastante pesada, cuándo mató por decisión propia, por naturaleza no más o cuándo fue marioneta de algunos que andan con vida de por vida fusilando vidas por ahí. Cuándo sus visitas me afectaron tuvo la picardía de no dejarme dormir, tampoco. O despertarme a los gritos, enredándome la garganta, dislocándome la voluntad, haciéndome perder la razón, la conciencia. Y lo peor es que las veces que me afectó tuvo la caradurez, la muy oportunista, de, a mi y a unos cuántos, matarnos un poquito también.



"Tod und Leben (Vida y Muerte)" de Gustav Klimt

27 de junio de 2012

Saudade de Brasil, não me deixe.

Fueron once, o más, los viajes que hice a Brasil con motivo de visitar a mi familia de parte de mamá. Fueron once o más, sólo sé que tengo casi 19 años y la última vez que viaje fue a los once. Lo curioso es mi recuerdo, no es que los viajes hayan sido todos iguales, porque es existencialmente, empíricamente imposible. Además yo crecía y tampoco era la misma que visitaba ese lugar que no era el mismo. Pero lo curioso es... Tengo sólo un álbum de recuerdo para todas esas visitas, unificadas, como si hubiese experimentado en todas ellas la misma sensación. Me acuerdo de los olores y eso fue todo. Me acuerdo de las montañas y eso fue todo. Me acuerdo de las casitas de la favela que flotaban a lo lejos, y eso fue todo. Me acuerdo de un aeropuerto, de un llanto, de un abrazo para cada uno y eso fue todo. Me acuerdo de un colectivo repleto, de uma onda no mar. De un mar con una sal. Me acuerdo de una subida y una bajada en el ascensor, y eso fue todo. Me acuerdo de una playa, de una bikini, de un olor a maconha de mi tío, de una pelea, de un macaco, de un Teresópolis, de unas nubes entrando por la janela. Me acuerdo de una noche a la luz de la luna jugando a las cartas clandestinamente con mis hermanos y primos, me acuerdo de un chirlo de mamá. Me acuerdo de una zambullida en la piscina y de una deshidratación sofocante en el sauna de abajo del edificio. Me acuerdo de un salvavidas y de un helicóptero, de una navidad, un Papá Noel y un regalo. Me acuerdo de una foto, de una tristeza y de una terraza, me acuerdo de un Año Nuevo y un cumpleaños, me acuerdo de un cuadro... Como si cada una de todas esas cosas abarcaran todo lo que fueron esos once viajes, o más, a Río de Janeiro, como si cada una de todas esas cosas se hibridara en una única sensación que es la que me asalta cuando siento ese olor, recuerdo esa playa, ese aeropuerto o a aquel salvavidas. Esa sensación de amor estancado por la falta de oportunidades, por el desborde de saudade, esa sensación de conocer algo que ha mutado tanto desde esos once años. Desconocer, entonces. Esa sensación de millones de kilómetros saltándome encima, encima de mi familia. Esa sensación de amargura o de dulce de leche con salamín, esa sensación de desahucio por la imposibilidad de dar un abrazo, un enojo o un te quiero antes del fallecimiento de Pedro, de mi vovó Alberto, o lobo mau, e do Zulú, o melhor cachorro do mundo. Esa impotencia de a quién se le degeneran los genes y las generaciones. Donde el esquema ortodoxo de ver a mi familia todos los años de repente se funda por falta de unos pesos. Todo eso junto, sí, todo junto lo siento, como litros de agua reventándome las vísceras, atormentándome el alma y resumiendo mis recuerdos, a uno solo, con el tiempo. El desgaste. Recuerdo que atesoro y repito para no olvidarme, para no morirme, para no llorar y seguir presionando a la voluntad, claro, y a la falta de recursos para que, un día, revolucionen este esquema nuevo, desde aquellos once, que me grita que me olvide o que me acostumbre, que me conforme. No, no, va en contra de mi todo, no. Esta saudade es un impulso, no un tapujo o un remedio, no un freno. Esta saudade permanecerá aunque llegue el día en que esté frente a los ojos de mi familia y viceversa, pero como un recordatorio o una vitamina para el recuerdo... Porque estoy condenada a verlos espaciadamente. Esta saudade es SAUDADE porque es de esa tierra hermana, porque existe extrañar Santa Fe y existe tener saudade de Río, du Brasil. Esta saudade tropical de idioma que sabe, chorrea, refresca y brota como fruta. Y, menos mal, existe la utopía que nos hace seguir caminando, dice Galeano (aunque en palabras lindas como él sólo), y bue, ahora respiro. Necesito de vez en cuando estos desahogos al respecto, y bue, no voy mañana, no voy en meses, garotinhos, pero ya voy, vou embora.

22 de marzo de 2012

Julia

Tu mirada, tu abrazo, tu lucha
y esos martillos crudos, penumbrosos
quitándote la calma, la cama, tu cuerpo, tu vida
Ytu mirada me cuenta la historia
y mi pueblo es el que no olvida
que cuando la oquedad te rompió la sangre
nunca dejaste de ser libertad, esperanza, sueños
que cuando se quiebran alas
llueven cálamos de eternidad
que nos conectan con la carne de tu existencia firme
Y el silencio... El silencio es tan frágil contra el olvido
y el cemento es tan frágil contra el perdón, contra el juicio y el castigo
que esa malaria de bochinches, de fusiles
de paredones y pactos
de papeles quemados
de ángeles raídos
no va a encontrar una hendija
una bisagra donde volver a crujir
No la va a encontrar
nunca más.